
Desde la reforma luterana, la Iglesia Católica no había sufrido ninguna hecatombe que sucumbiera la cristiandad y el apego a las normas religiosas como hasta ahora, que se en encuentra en su mayor crisis existencial y moral por causa a los casos de pederastia en el mundo.
La calidad del papa Benedicto XVI ante los feligreses se va debilitando y poco a poco empiezan a sentirse defraudados no por la fe, sino por los ministros de culto que se dicen ser “siervos de Dios”. Alemania –el país del hoy pontífice- ha iniciado las investigaciones para sacar a la luz los casos de pederastia que existen desde 1940 hasta la fecha.
Pero en México, la situación tal parece que no hay culpables y que, en palabras del Episcopado Mexicano, la culpa la tiene la sociedad por inducir a los curas en el pecado y en la perversidad. Las afirmaciones hechas por el obispo Víctor René Rodriguez que funge como secretario de la CEM hace unos días, no son propias de un apostol de San Pedro ni dignas de reproducirse, ¿por qué lavarse las manos como Poncio Pilatos? ¿cómo justificar las perversidades que han caido sus colegas en el nombre de Dios?
Desde que apareció el caso de Marcial Maciel, la iglesia católica a querido solapar los abusos que han cometido los curas en contra de menores de edad. El fundador de los Legionarios de Cristo e hijo pródigo de la evangelización actual, hoy queda en evidencia que no solamente faltó a la ley de Dios, sino que además infringió las leyes del hombre, cometiendo delitos de índole sexual en contra de sus propios hijos.
¿En dónde quedan los valores que profesaba Jesús y que están contemplados en la Santa Biblia? ¿Qué hay acerca de la palabra de Dios? ¿Hacía dónde va la iglesia una vez que no puede asumir su propia responsabilidad? Son preguntas que muchos católicos nos hacemos cuando vemos casos como los ya narrados. No se puede hablar de amor al prójimo cuando se merma la confianza, no se puede hablar de paz ni tranquilidad cuando los ministros de culto no la respetan.
La calidad del papa Benedicto XVI ante los feligreses se va debilitando y poco a poco empiezan a sentirse defraudados no por la fe, sino por los ministros de culto que se dicen ser “siervos de Dios”. Alemania –el país del hoy pontífice- ha iniciado las investigaciones para sacar a la luz los casos de pederastia que existen desde 1940 hasta la fecha.
Pero en México, la situación tal parece que no hay culpables y que, en palabras del Episcopado Mexicano, la culpa la tiene la sociedad por inducir a los curas en el pecado y en la perversidad. Las afirmaciones hechas por el obispo Víctor René Rodriguez que funge como secretario de la CEM hace unos días, no son propias de un apostol de San Pedro ni dignas de reproducirse, ¿por qué lavarse las manos como Poncio Pilatos? ¿cómo justificar las perversidades que han caido sus colegas en el nombre de Dios?
Desde que apareció el caso de Marcial Maciel, la iglesia católica a querido solapar los abusos que han cometido los curas en contra de menores de edad. El fundador de los Legionarios de Cristo e hijo pródigo de la evangelización actual, hoy queda en evidencia que no solamente faltó a la ley de Dios, sino que además infringió las leyes del hombre, cometiendo delitos de índole sexual en contra de sus propios hijos.
¿En dónde quedan los valores que profesaba Jesús y que están contemplados en la Santa Biblia? ¿Qué hay acerca de la palabra de Dios? ¿Hacía dónde va la iglesia una vez que no puede asumir su propia responsabilidad? Son preguntas que muchos católicos nos hacemos cuando vemos casos como los ya narrados. No se puede hablar de amor al prójimo cuando se merma la confianza, no se puede hablar de paz ni tranquilidad cuando los ministros de culto no la respetan.
Por el momento, la imagen de la Iglesia Católica ya no es la misma que obtuvo en brazos de Juan Pablo II. A Benedicto XVI se le nota cansado, sin ánimos de continuar y parezca o no, su figura como representante del Estado Vaticano y como representante de Dios ante la tierra se mancha, se disuelve y se entierra; probablemente sea necesario una revaloración de ideas y posturas, mismas que necesitan una crucifixión y tal vez así, resucitar al tercer día.
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