
Hace unas semanas, la polémica Carmen Aristegui comentó en su espacio radiofónico, un rumor, chisme, ocurrencia o como se le quiera llamar a un hecho incierto: El Presidente Felipe Calderón es o no alcohólico.
Lamentablemente, y como en política sucede, no es lo que se diga, sino quien lo diga. La cabeza de Carmen Aristegui fue decapitada -como María Antonieta de Austria, reina de Francia- de su empresa MVS sin razón aparente. El motivo: romper con el código de conducta.
A raíz de esto, las redes sociales -que hoy se han convertido en el juzgador más social de la vida pública- le ofrecieron el apoyo incondicional a Aristegui, manifestando que el gobierno había coartado la libertad de expresión, fundamentada en nuestra carta magna. ¿En dónde está el Estado de Derecho? ¿Calderón, por qué violas nuestras garantías constitucionales?
Muchos se cuestionaron si fue parte del gobierno el tener la capacidad (y poder claro está) de eliminar a una comunicadora “incomoda” de una forma vil, por así decirlo, por la manera y forma en que se hizo. Pero ¿qué sucedió terminando el programa de Carmen Aristegui para que le impusieran un castigo de tal magnitud?
Su figura en los medios de comunicación la hacen ver como una periodista sin tapujos y consentida por el ala izquierda; tal vez esto se deba a que fue la única en darle espacio al hoy ex candidato presidencial Andrés Manuel López, o la simpatía que los universitarios tenemos hacia ella. Lo cierto es que, en su espacio, en su medio y en su voz, preciso que el Presidente Felipe Calderón tiene un alcoholismo, y si no lo tiene, que los Pinos emita un comunicado oficial desechando toda declaración falsa.
¿En verdad Aristegui quería evidenciar un hecho que en internet toma cada día más fuerza e incluso, hay videos en youtube donde se presencia un estado “inconveniente” del presidente? La respuesta puede ser sí o no. A los medios de comunicación se les tiene dominados por las concesiones que les permiten difundir su información por cualquier vía electrónica, o por permisos que SEGOB autoriza. Pues bien, ella solo hizo su chamba: difundir la nota y dejarla sobre la mesa de debate.
Hoy, a Carmen Aristegui le perdonaron su “mal comportamiento” gracias al apoyo manifestado por sus seguidores y también a que ella, como pocas, no se quedó callada. Difundió un hecho, un escenario, una verdad, una mentira, o lo que hoy se le quiera denominar. Surgen más dudas, más preguntas e inquietudes sobre la vida personal del presidente. Con ella, todos los periodistas quedaron mudos y si alguien se atreve a tener la suspicacia de lo aquí ocurrido, que hable ahora o también… que le corten la cabeza.
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