Diciembre llegó y con él, una valoración de los temas –erróneos-
que los precandidatos a la presidencia
de México quieren promover para captar el voto mexicano, aquél que dará la
posibilidad de poder concretar sus proyectos “alternos” de nación ante una
sociedad escéptica de las promesas de campaña.
Nuestro primer precandidato, viene de un largo caminar y
con propuestas distintas a las que habíamos estado escuchando y por las que
tanto había luchado. Andrés Manuel López es un personaje de la política que
permanece vigente y con ánimo de alcanzar su tan anhelado y encaprichado sueño:
ser presidente de la república.
El discurso de confrontación, de división, de reproche
hacia las instituciones, de maldecir a todo aquello que no estuviera con él
mismo fue cambiado en su totalidad por uno amoroso, reflexivo, de valor, de
normas morales e incluso espirituales.
¿Qué paso? ¿Acaso no estaba en contra de las
instituciones y reprender al sistema? ¿Dónde dejó su pensamiento y se remontó a
Platón con su filosofía política? ¿Es un proyecto de nación o simplemente una
recomendación a la conducta humana? Sí, hoy Andrés Manuel parece estar en una línea
en la que se vuelve sensible a lo inmutable.
Leyendo seguramente los textos clásicos del filósofo
griego, llega a la conclusión que la sociedad mexicana necesita virtudes y
valores para así poder llegar a la razón y que ésta sea elevada a rango
constitucional puesto que el amor y los valores espirituales deben ser
tuteladas por el estado.
Esa es hoy su bandera para izar: la virtud y el amor.
El nuevo discurso que trae en manos, no se compara con
aquél que le hizo llegar al .57 % debajo de Felipe Calderón. No es viable ni es
prudente con una sociedad que se ha vuelto individualista y que desea más
libertades y menos obligaciones.
Sus puntos a favor, se vuelven pequeños cuando se
necesita un compromiso real con la clase política, con una conversión del peso
político por el peso ciudadano y que permita que el Congreso de la Unión se
obligue a salvaguardar los intereses del pueblo antes que sus partidos políticos.
El Ejecutivo queda indefenso si no
existen reglas claras ni compromisos reales frente al país.
¿Le creemos el cambio de su discurso? Yo tampoco. Y la
verdad es que a título personal, Andrés Manuel no se me hace un mal político,
sino un mal necesario.
Se necesitan a personajes que den una segunda o tercera
opción dentro de la política mexicana, y todo porque independientemente de su
actuar retórico, es un chivo grande de la política. Sus canas no son por la
edad, sino por su lucha, por su debate y su resistencia que tuvo frente a los
medios y con el Estado. En ello se le
aplaude, sin embargo, hoy vende su alma nuevamente para ser apapachado con
aquellos que le cerraron las puertas de su empresa- o televisora- y permiten
que enarbole y escupa un texto nuevo en su vocabulario y por lo que pretende
cambiar la idea de él: el amor.

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