Hace unas semanas, México vivió una
experiencia poco usual con los fenómenos de la naturaleza, esos que no avisan
la intensidad con la que llegan ni la durabilidad con la que impactan dentro de zonas que son
altamente susceptibles de su impacto.
Las costas de Guerrero, Oaxaca y Michoacán en
particular, fueron seriamente afectadas por el Huracán Manuel, incluyendo en la
costa del golfo a Veracruz, Tabasco y Campeche por parte de Ingrid. Ambos
colapsaron los pronósticos acerca de la fuerza con la que llegarían a
territorio mexicano.
Los daños que ya se conocen son parte de la estadística
nacional y ciertamente no hay nadie que pueda dar un vaticinio acerca de la
madre naturaleza y sus efectos, sin embargo, no se puede quedar a la deriva lo
que siempre se ha conocido.
Cada año nos enfrentamos a huracanes de
cierta o tal magnitud, cada año conocemos los efectos del cambio climático
provocado por el mismo hombre tales como los huracanes, sequias, deshielos,
nevadas, inundaciones, terremotos, etc y
aun así, la clase política decide quedarse callada y aparentar que los estados cuentan con el gobierno para “tapar”
los estragos provocados por los huracanes.
¿Hasta cuándo se dejará de mentir? ¿Hasta cuándo
a la sociedad más pobre de esos estados se les brindará el apoyo necesario por
lo menos para subsistir y no dejarlos morir?
México es un país con grandes riquezas, pero también con
muchas pobrezas. Municipios que han establecido su centro administrativo en las
sierras, cerca de los ríos más caudalosos y al costado de los mares sufren y sufrirán
cada año. Y nadie hace nada. Desde el gobierno federal hasta el municipal se
avientan la bolita y nadie asume consecuencias, esas consecuencias que
solamente pagarán aquellos que se quedaron sin nada.
Es momento de rendir cuentas, de asumir la
responsabilidad de lo que acontece. Ciertamente a la madre naturaleza nadie la
conoce, nadie sabe cómo afectará pero si existen los mecanismos para determinar en dónde impactará y prevenir a la
población.
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