
Hace unas semanas, Carlos Slim comentó que la crisis por la que México atraviesa hoy por hoy será de magnitudes nunca antes vistas, y que probablemente el desempleo llegue a niveles como los observados en los años treinta del siglo pasado. Así también, quebrarán muchas empresas del país chicas, medianas y grandes; cerrarán comercios, habrá locales cerrados por todas partes.
Su apocalíptica visión contrasta con el discurso manejado por el presidente Calderón y los encargados de la economía nacional y políticos varios, quienes afirman que saldremos adelante; sin embargo, todos ellos no se saben cómo hacerlo, puesto que los foros organizados en el Senado no llegaron a conclusiones sólidas y claras que apunten al rumbo que debe seguir nuestro país en materia económica, así como al andamiaje institucional que nos permitirá salir adelante de esta difícil coyuntura. Pareciera que el resultado de esos foros no son más que buenas deseos y un “¡Que te vaya bien México!”.
Le pregunta es si hacerle o no caso al segundo hombre más rico del planeta. El sí; es un hombre que tiene relación directa con nuestros ingresos; mueve millones de empleos; genera un lucro a beneficio personal; acrecienta constantemente su millonada cuenta; y sus relaciones son tan internacionales como la crisis que afecta al mundo.
El no; se ha enfrascado en una campaña de contradicciones con el Presidente Calderón, puesto que el ejecutivo habla de fomento y crecimiento al empleo mientras que Slim cierra el paso con cifras que él conoce y que puede alterar; su empresa Telmex aun no obtiene el permiso de SCT para operar el famoso triple play --que muchas otras ya lo han hecho, como el caso de Cablevisión-- además de tener una estrecha inversión inmobiliaria en el Centro Histórico del Distrito Federal.
Probablemente sea burdo creerle o no al señor Slim, pero es un hombre de peso en la política y la economía nacional, es un hombre que guste o no, tiene a millones de mexicanos empleados –no sé si bien o mal pagados– pero provee trabajo. Su fortuna puede ser cuestionada como todas, sin embargo, logró reunir a toda la clase política en un cantado Acuerdo de Chapultepec hace algunos años, donde captó el rostro del poder mismo bajo sus pies.
Quizá solamente junto con Elba Esther Gordillo, Slim ejerce un poder que va más allá de las instituciones de gobierno. Es un hombre de negocios, y un empresario con la capacidad para comprar al poder, pero no lo hace –y quizá no lo hará–, porque quizá sepa que él no es patrimonio exclusivo del Estado y porque recuerde que la máxima achacada al terrateniente chihuahuense Luis Terrazas, no aplica más (“Yo no soy de Chihuahua, Chihuahua es mío”).
El poder absoluto, en un estado democrático de derecho, no es válido; pero la intervención y presión hacia el Estado para extraer de él rentas es un procedimiento generalizado.
Cada uno, sin embargo, puede formarse su propia opinión; pero el hecho es las declaraciones de Carlos Slim generan suspicacias y retumban como cañones en toda la clase política del país.
Cada uno, sin embargo, puede formarse su propia opinión; pero el hecho es las declaraciones de Carlos Slim generan suspicacias y retumban como cañones en toda la clase política del país.
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