
Días antes de celebrarse la cumbre en Latinoamérica, quizo hacer gala de su presencia en México lo cual originó diversos escenarios políticos y sociales por estudiar, más al ser éste, el primer país de la región latina que conquista con esa sonrisa que lo caracteriza.
En primer lugar, Barack Obama no vino a hacer migas con la clase política mexicana, ni regalar un discurso elocuente y espontáneo a su arribo; sino dejar en claro la agenda que en cuatro años, él y su equipo llevarán como eje primordial: Un acercamiento en Latinoamérica.
Durante el gobierno de Bush, América Latina dejó de tener la importancia que la doctrina Monroe asumía como suya: “América para los americanos” quedó sin efecto, lo que propició que Brasil, Argentina, Chile y demás países del cono sur siguieran una filosofía del buen hermano, algo así como “nos ayudamos entre nosotros”.
Así también, México olvidó que pertenece a la comunidad latina y que es uno de los países más importantes dentro del eje americano por su ubicación geográfica, por su talento en la diplomacia, por ser un Estado neutro y fungiendo siempre una línea de no intervención y respeto por los demás países que conforman nuestro continente.
Por eso lo importante de esta alianza, esta sociedad, y esta unidad que Felipe Calderón recordó en palabras del ex presidente Kennedy en épocas de gloria y que significan el inicio de nuevas relaciones que involucren a todos los actores internacionales. Hoy México y Estados Unidos deben voltear y trabajar con el sur y volver a retomar las relaciones comerciales, políticas, y sociales.
La llegada de nuevos liderazgos como Chávez, Lula, Bachelet y Morales por mencionar a algunos, implica mucha técnica política y lidiar con egos propios y ajenos, Obama sabe que necesita astucia, valor y poder de convicción y negociación para llegar a acuerdos positivos frente a ellos, el acercamiento con Calderón demuestra que en política todo y nada es un juego, donde no basta ganar, sino trabajar con habilidad y estilo consensuado.
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