Hace unas semanas, inicio la Copa Confederaciones –un
torneo de fútbol representado por
distintos países del mundo- en la Ciudad de Brasil, estado suramericano que será
previo a estos partidos, cede de la copa mundial del balompié en el 2014.
Todo el mundo veía a Brasil como un estado en
potencia, en crecimiento y promotor de las inversiones extranjeras directas principalmente
de los países de Europa del Este y Asia. Sin embargo, todo cambio y el gobierno
no ha podido dar margen a ello.
El pueblo se levantó, volteó la cara al sistema que
los gobierna y hoy exige un cambio a la política que ha manejado Dilma Rousseff
en sus primeros años de gobierno, dando un espaldarazo a que “todo se encuentra
en calma” por “Houston, tenemos un problema”.
Aparentemente el movimiento surgió por el alza a los
precios de transporte público, hecho que
ocurrió en el mismo día en que iniciaba la copa de futbol. La violencia en ciudades como Sao Paulo, Belo
Horizonte, Brasilia, y demás provincias han dado muestra que el gobierno se
encuentra imposibilitado para hacer frente a problemas tan típicos como en
cualquier ciudad del mundo.
Brasil se ha presentado como un estado sólido en sus
finanzas, sólido en su economía y progresista en cuanto a su nivel de
estabilidad social y política, dejando claro que se puede prosperar con ayuda
de todos los partidos políticos y un buen gobierno.
No se esperaba una reacción de tal magnitud y mucho
menos el actuar del pueblo, un pueblo que pide ser escuchado en las demandas más
básicas: más empleo, más educación, mejor calidad de vida y servicios a la
salud visto a la luz… una reforma política. Y ciertamente
hoy, al pueblo ya no se le puede dar pan y circo, no permite escenarios ni espectáculos ostentosos cuando
es el ciudadano quien reclama lo que por derecho le corresponde. El estado social por el cual atraviesa Brasil responde y desconcentra los atributos que le han dado al país sureño en cuanto al paraíso tropical.
Inician las pláticas y conciliaciones con el grupo
que se encuentra disperso, no tiene líder ni un representante que se encuentre
en el poder, es un movimiento popular y
como tal, debe ser escuchado y esa clase media quien es la que mueve al gobierno quien insiste en beneficios y no imposiciones
dignas del autoritarismo latino.
El juego bonito y la samba –dignos representantes
del país amazónico- quedan en el olvido
para exhibir un juego político donde no
hay cancha pareja, no existen árbitros en la contienda y no hay tanda de
penales. Brasil se juega el todo por el todo
en su estadio, en su torneo… con su pueblo.

Comentarios