Iniciando el mes de noviembre, se festeja en México una
de las tradiciones más queridas y
reconocidas a nivel mundial. El día de muertos. Para el Occidente, esto se
convierte más en una fiesta de disfraces que un rito o un culto a aquello en lo
cual no vemos pero siempre está con nosotros: la muerte.
Desde el inicio de nuestro existir, la vida y la muerte
es el ying yang, el agua y el aceite, el polo opuesto del ser humano. Para
muchas religiones y creencias, la muerte es el fin de la vida misma, para
otros, una evolución, algunos consideran que existe una reencarnación, etc.
Todos tienen una concepción de la muerte, pero ninguno la define ni sabe lo que
es hasta que llega ese día.
No quisiera adentrarme en los puntos de vista que tienen
cada una de las principales religiones en
el mundo, puesto que el tema ha sido debatido en todas sus expresiones.
Sin embargo, aquí lo que quisiera rescatar es que el hombre tiene miedo a
enfrentarla.
Hoy, la muerte más que un concepto o definición se ha
convertido en un miedo, en un miedo a lo desconocido, a decir “estoy preparado
pero no quiero que llegue”. Su fuerza y sinergia que surge a partir de la
conciencia humana nos hace temer de ella, pero lo que es cierto, es que al igual
que la concepción de la vida, es divina por naturaleza.
Hoy, que es día de los difuntos, hagamos una ofrenda por
ella, por la muerte, por la gran Señora de negro, porque nuestros ancestros,
aquellos que juzgamos por ser crueles ante los sacrificios y matar “aparentemente
sin causa justificada” sabían que la madre naturaleza es la muerte misma y por ende, se tenia que honrar, adorar porque ella da vida y ella la quita.
SÍ, la muerte es parte de la vida, es su hermana, es su
amiga, es ella misma. No hay dos caras de la moneda, sino una misma, que nos
brinda poder cumplir nuestro destino en este mundo y después llevarnos con ella
a rendir cuenta de nuestros actos, de nuestros hechos o simplemente de nuestro
mandato.
Somos almas prestadas, nuestro cuerpo no es nuestro y
hemos venido a este mundo por una misión en particular donde una vez ejecutada, la muerte nos llama a ella.
Podemos jugar, podemos arriesgar, podemos insinuar, pero nunca escapar. Todo en
la vida tiene un orden, la naturaleza es perfecta, ella y solo ella sabe cuando
llegas y cuando te vas. La vida y la muerte son algo tan natural, que lo único que te llevas al
momento de partir, es la satisfacción de haber cumplido con tu misión.
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